La ratita Mo







La ratita Mo vivía en el callejón del Farol Apagado, donde vivían las lauchas más bonitas y graciosas de la ciudad
Estaba, por ejemplo, la ratita Lu. Cuando ella pasaba, los ratones decían:

Lu, florcita de algodón,
Escucha el verso tristón
De un desdichado ratón.

Y a Fifí solían decirle:

Sin ti, mi bella Fifí,
todo me importa un maní.

Cosas parecedas le dcían a Rati y a Mantecosa. Pero a la ratita Mo nunca la saludaban con un verso. Es que ella se creía muy fea y caminaba rápido rápido, con la cabeza gacha y las orejas bajas como una miserable lauchita.
Un día, Mo pasó frente a la peluquería de Monsieur Roquefort, un ratón francés de bigores enrulados.
De pronto se abrió la puerta del negocio y Mo casi se desmaya del susto. ¡De adentro salió una enorme gata de angora!

Mo se quedó petrificada hasta que por fin se dio cuenta de su error. No era una gata sino Paca, la coneja. ¡Monsieur Roquefort había hecho maravillas con su pelo!
Poco después, salieron dos palomas grises, distinguidísimas, con las plumas onduladas. Costaba reconocer a Feúcha y Lavada, las dos palomas de la plaza.

Por fin apareció una perrita rojiza, muy fina, con un mechón blanco sobre la frente. ¡Pero si era Topy, la perrita del almacén!
Sin duda alguna, Monsieur Roquefort hacía prodigios con su peine.
La ratita Mo, muy decidida, entró en la peluquería y pidió que la atendieran.

Le lavaron la cabeza con huevo, aceite y vinagre. Y al final le batieron el pelo.
Cuando estuvo lista se miró en el espejo y…

¡oh! ¡oh! ¡oh! ¿Era posible? ¡Estaba lindísima!
Cuando salió de la peluquería, pasó por una tienda y se compró un vestido punzó y un par de zapatos de tacos altos.






Después volvió a su barrio, a ver qué opinaban en su callejón del Farol Apagado.
Entonces se desencadenó la tormenta. Era una fuerte lluvia de verano y Mo ni siquierqa pudo resguardarse en un refugio porque los zapatos nuevos la hacían patinar y se la llevaban a donde menos quería.

Penosamente, siguió bajo la lluvia. El vestidito punzó se le destiñó, el lindo peinado se le vino abajo y uno de los tacos se le perdió. Y, cuando por fin paró de llover, se encaminó hacia el callejón del Farol Apagado.
Entonces, muy triste, se detuvo en una esquina y se puso a cantar con cara de ratita mojada:

Yo soy la ratita Mo
y nunca nadie me vio
con el vestido punzó la cabellera en bandó
y los zapatos de tacón.
¡Porque en este callejón
todo todo se perdió!
¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

Su voz recorrió el callejón de una punta a la otra como un arco iris. Fifí y Mantecosa la escucharon, conmovidas. Una vieja ratona se enjugó una lágrima. Y por todas partes se abrieron ventanas y puertas y en cada una se asomó la cara de un vecino que escuchaba la voz fina y dulce de Mo sintiéndose triste y alegre a la vez. Cuando terminó, le pidieron que cantara de nuevo.
Entonces Mo descubrió una cosa: que era dueña de algo muy lindo que no se compra como un vestido. Y que podía regalarles a los vecinos una canción y alegrar ese pedacito de calle. Estaba tan contenta, que ya no le importaba que no le dijeran versos al pasar. Sin embargo desde ese día los ratones, al verla, decían:

Ahí va la ratita Mo
ahí va por el arrabal;
ella guarda una canción
en cajita de cristal.






La ratita Mo (Bolsillitos #605)
Beatriz – dibujos de Ruth

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