El tesoro







Osopardo es un oso de suerte: donde quiera que esté…¡siempre encuentra un tesoro!
Una vez estaba en el parque haciendo pozos en la arena con sus sobrinos, los tres ositos pardos. Después de cavar y cavar uno de los ositos encontró una lombriz, otro un huesito y el tercero una piedrita.
¿Y Osopardo? Osopardo encontró un cofre. ¡Un cofre parecido al de los piratas! ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Soy rico! ¡Tengo un tesoro pirata! –gritó.

Inmediatamente se olvidó de sus sobrinos y se fue al centro a comprarse masitas y un sombrero y unos zapatos y también un avión de verdad…
Como el cofre era muy pesado, Osopardo quiso toma el tranvía. Y cuando el tranvía se detuvo…
-¡No puede viajar con ese baúl! –le dijo el guarda lo más enojado.
Y el tranvía se fue dejándolo de a pie.

Nadie lo quiso llevar: ni los trolebuses ni los colectivos ni los taxis.
Osopardo puso el baúl sobre el hombro y caminó casi cincuenta cuadras hasta llegar al centro. ¡Cómo jadeaba y resoplaba!
De pronto, en una vidriera, vio un sombrero de paja como a él le gustaba y entró a comprarlo. Pero el portero de la tienda salió a su encuentro y le dijo:
-¡No puede entrar con ese armatoste! ¡Fuera de aquí!

Entonces Osopardo volvió a cargar el baúl y siguió caminando, muy malhumorado. En medio de la calle se detuvo.
-¡Eh! ¿Qué hace ahí? –gritó el vigilante desde su garita-. ¿No ve que molesta?
Porque en ese momento se había encendido la luz roja y Osopardo con su baúl les cerraba el paso a los coches.
-¡Y sepa que no lo llevo preso solamente porque, con ese baúl, no entra por la puerta de la comisaría!






Osopardo avanzó como pudo hasta llegar a la vereda de enfrente. Y siguió caminando. A medida que caminaba le empezó a tomar rabia al cofre. Entonces lo llevó al puerto, a la rastra. Se acercó al agua, le dio un empujón y… ya estaba por tirarlo cuando:
-¡Un momento! ¡No se pueden arrojar trastos viejos en el río! –le gritó un marinero tocando un pito.

Osopardo, muerto de cansancio, caminó las cincuenta cuadras de vuelta hasta el parque. Quería preguntarles a sus sobrinitos qué podía hacer con ese condenado tesoro.
Cuando llegó al parque, un hombrecito lo vio de lejos y corrió a su encuentro. Era el jardinero del parque.
-¿Dónde encontró eso? –exclamó-. ¡La caja que se perdió cuando hicieron el pozo para construir la fuente!

Osopardo se la entregó con un suspiro de alivio. ¡Por fin se sacaba de encima ese cofre pirata o esa caja de herramientas o lo que fuera! El jardinero estaba tan agradecido que lo convidó con una torta de frutilla. ¡Y esta vez Osopardo no se olvidó de invitar a sus sobrinitos, los tres ositos pardos!






El tesoro (Bolsillitos #504)
Beatriz – dibujos de Ruth

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