La caza del dodo







-¿Van a cazar? –preguntó la ardillita Cándida cuando se encontró con la zorrita y el topo.
¡Siempre hacía preguntas tontas! Era claro que iban a cazar: llevaban una gran red de mariposas y un palo que tenía la forma exacta de un fusil.
-Así es –dijo la zorrita dándose aires de importancia-. Vamos a cazar un dodo.
La ardillita, muy intrigada, quiso saber qué animal era ése, si era muy peligroso y para qué servía…
-Es un animal muy extraño –contestó el topo-. Si está de buen humor no es peligroso. En cambio, si se despertó con luna…

-No corre muy ligero y no sabe volar –explicó la zorrita-. Y sirve para … ¡bueno! ¡Para tener un dodo en casa!
Cándida rogó que la llevaran de cacería, pero ellos alegaron que el ruido que ella hacía cuando rompía las nueces podría espantar al dodo.
-¡Están bien! –contestó la ardillita-. ¡Yo también cazaré mi dodo!

Los otros le contestaron con una carcajada y se fueron bamboleando su red muy orgullosos.
Aunque, en realidad, los dos estaban muy nerviosos e impacientes: la cacería no iba a ser fácil. Largo rato caminaron sin encontrar nada. Hasta que de pronto, en medio de un pastizal, la zorrita dio un salto y atrapó una presa con su red.

-¡Hurra! ¡Lo cacé! ¡Fíjate topo! Tiene cara de malo… ¡y orejones!
Sin embargo, a los pocos segundos la zorrita se puso más roja de lo que era, porque el animalito le contestó:
-¿Qué tienen que decir de mis orejas? ¿Acaso yo hablo de tu cola de plumero?

¡Hasta el topo corto de vista había visto que era una liebre! Una liebre silvestre que masticó la red con sus dientes y escapó, indignada y furiosa.
Desde ese momento el topo caminó adelante con su fusil y la zorrita lo siguió con la cabeza gacha, arrastrando su red.
Caminaron hasta que el topo de repente gritó:
-¡Alto ahí, dodo! ¡No te muevas o disparo!
Entonces… ¡qué raro! El pájaro se encaramó sobre el fusil de palo y empezó a picotearlo: “¡toc! ¡toc! ¡toc! ¡toc!”, agujereándolo con cada picotazo.

-¡Mil perdones! –exclamó el topo lleno de susto-. ¡De lejos no me di cuenta de que usted era un pájaro carpintero!
Y allí terminó la cacería: la red estaba deshecha y el fusil era un colador. ¡Cómo para tratar de cazar un dodo!
De todas maneras, jamás habrían encontrado un dodo. Porque esas aves –y esto no lo sabían ni la zorrita ni el topo- hace mucho tiempo que desaparecieron de la tierra.
Sin embargo, cuando los dos cazadores regresaron a sus casas del bosque, la ardillita Cándida corrió a encontrarlos:
-¿Cazaron algo¡ ¿No? ¡Yo sí! ¡Encontré un dodo! ¡Vengan a verlo!
La zorrita y el topo la siguieron jadeantes mientras ella explicaba:
-Es tal como ustedes me dijeron: no sabe volar, corre despacito… ¡enseguida me le puse a la par! Y, como hoy estaba de buen humor, nos hicimos amigos.

En efecto, allí estaba el dodo, muy tranquilo, al pie de un árbol.
-Lo único que en vez de plumas, tiene… rulitos –dijo la zorra.
-Es un dodo… rubio –balbuceó el topo-. Pero … ¿será un dodo de verdad?
Entonces, con mucho respeto, se le acercaron y le preguntaron el nombre. Y aquella nena tan chiquita, que por primera vez salía de la casa de su papá, el guardabosques, contestó: “¡Da-da! ¡Da-da!”, porque aún no sabía hablar.






-Es una “dada” –les avisó la zorra.
Y agregó, con aires de sabia:
-¡Mejor! ¡Las dadas son más mansitas que los dodos!
-¡Y sirven para jugar a la ronda! –intervino la ardillita.
Y los cuatro jugaron a la ronda hasta que la “dada” se cansó.

Entonces corrió bamboleándose hasta su casita y trepó a su nido, es decir a su cuna rosa. ¡Y, aunque era una nena de verdad esa noche comió su puré como un verdadero pichón de dodo hambriento!






La caza del dodo (Bolsillitos #551)
Beatriz – dibujos de Ruth

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.