Los conejitos







Es muy lindo ver ocho conejitos de colores diferentes –todos orejones- jugando y saltando como si tuvieran resortes en las patas. Pero cuando esos ocho conejos empiezan a tirarse piedras, mordiscones y puntapiés, resulta una calamidad.
Lamentablemente, así estaban todo el día los ocho conejos del bosque, siempre peleándose por algo.-¡Es una vergüenza! ¿Dónde se ha visto? ¡Esto no pasa en ningún bosque! –chilló un día la zorra.
Entonces, decidió hacer una fiestita para que los ocho conejos se hicieran amigos.

Los ocho llegaron con sus tapados cepillados y corbatas o moños y, apenas entraron, quedaron fascinados al ver la colosal torta de zanahoria -¡de ocho pisos!- que le había preparado la zorra. En medio de ese gran silencio la zorra iba a aprovechar para decir: “¡Ahora dense todos un besito!” cuando un conejito gris gritó:
-¡El primer piso de la torta es para mí! ¡Yo lo vi primero!
Pero inmediatamente se oyó: “¡Para mí! ¡Para mí! ¡Para mí! ¡Para mí!”, mientras los conejos forcejeaban por llegar a la torta, y tiraban del mantel y saltaban sobre las sillas y hacían tambalear la jarra de chocolate.

-¡Para nadieeeee!- gritó a su vez la zorra, perdiendo la paciencia. Y, tomándolos por las orejas, los sacó afuera antes de que le arruinaran la casa.

Otro día, la ardilla, con las mismas buenas intenciones de la zorra, los invitó a ver una función de títeres en su casa del roble.

Cuando los conejos llegaron estaba por comenzar la función, y ya estaban por sentarse en las sillas que la dueña de casa había preparado especialmente para ellos cuando, de repente, uno de los conejos vio el banco petisito de la ardilla.
-¡Me siento en el banquito! ¡Yo lo vi primero! –gritó.
Entonces todos quisieron sentarse en el banco y así comenzaron a disputárselo a codazos y pisotones. En vez de función de títeres hubo batalla de conejos, hasta que por fin la ardilla los echó a todos.

Desde entonces, nadie volvió a invitarlos; sabían que cuando se juntaban los ocho había un desastre.
Por suerte la abuela coneja justamente en esos días cumplía años y, a pesar de que era tan vieja que nunca salía de su casa, fue a visitar uno por uno a todos sus nietos. Primero fue a ver a la conejita blanca y le dijo:






-Quiero que me regales algo que nadie me va a regalar. ¿Sabes bordar, no es cierto? ¡Entonces, me bordarás la letra F con lana de colores en este cartón!
Después fue a la casa del conejito gris, que pintaba muy bien, y le pidió que le regalara otra letra pintada.

Al manchado, que sabía recortar, le pidió la letra L recortada. A otro, que formara la I con ramitas secas y a otro la z con piedras y así a cada uno le dio un cartón y le dijo que hiciera una letra y que guardara el secreto.

El día del cumpleaños llegaron muchas visitas: los zorrinos peinados con raya al medio, un castor recién bañado y ratonas emperifolladas. También los ocho conejos, cada uno con su regalo.

-¿Qué habrán traído? –preguntó la abuela coneja al verlos levantando la oreja que le tapaba un ojo y haciendo como si no supiera nada.
Y ordenó a los conejos en fila, y les pidió que mostraran sus regalos. Entonces, cuando los levantaron sobre sus cabezas, las visitas quedaron maravilladas: cada conejo sostenía una letra y, entre todos, formaban una frase:

-¡Qué belleza! –exclamó la abuela-. ¡Siempre que mis nietos juntan, hacen algo muy lindo!
-¡Es verdad! ¡Es verdad! –repitieron las visitas.

Y cuando los conejos terminaron de clavar los ocho cuadritos en la pared, los miraron asombrados y gritaron: “¡Huuuuy! ¡Qué lindo!”
Después se dieron las manos y bailaron de alegría. Y desde entonces… ¡siempre se dan las manos!






Los conejitos (Bolsillitos #595)
Beatriz – dibujos de Ruth

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