Ruperto




Ruperto engullía todo lo que encontraba, así fueran manzanas o tornillos. Y esto no tiene nada de raro, porque Ruperto era un avestruz.
Un día, Ruperto encontró una pila de monedas, pero no comió un una sola. Y esto no tiene nada de raro, porque ese día Ruperto ya había almorzado dos llaves, una pera y diez botones.
Ruperto guardó ese dinero y fue a la estación. Una vez allí, se asomó a la boletería, puso la pila de monedas frente al boletero, alargó el cuello y él mismo se sirvió un boleto rojo, que era el color que más le gustaba.
-¡Estos pasajeros…! –murmuró el boletero, que recién levantó la cabeza cuando Ruperto ya se había ido-. ¡Todos están apurados!

Ruperto subió al tren y se sentó en el último asiento del vagón. Por fin iba a poder visitar a su primo, el ñandú Polidoro, que vivía en Vicente López.
En el tren nadie se fijó en Ruperto, pero eso no tiene nada de raro porque los hombres iban distraídos leyendo sus diarios, y las señoras iban ocupadas tejiendo un pulóver o dándoles caramelos a sus chicos.

Al principio Ruperto tuvo miedo de sacar la cabeza por la ventanilla. Eso tampoco tiene nada de raro porque era la primera vez que Ruperto viajaba en un tren, pero muy pronto se animó y sacó el pico, la cabeza y todo el cuello.
Pero como el viento lo despeinó volvió a entrar enseguida la cabeza.
¡Lástima que en vez de entrarla por su ventanilla, metió la cabeza en la ventanilla de adelante, donde viajaba una viejecita!
-¿Qué es esto? ¡Socorro! –gritó la viejecita, al encontrarse cara a cara con Ruperto. Y llamó asustada:
-¡Guarda! ¡Guarda!

Los pasajeros, alarmadísimos, corrieron a llamar al guarda.
-¡Un avestruz se metió en el vagón! –explicó un señor, rojo como un gallo.
-¡Pronto! ¡Hay un avestruz! –dijo otro bufando como un rinoceronte.

Entonces el guarda, que era una persona muy sensata y tranquila, exclamó:
-¡Y bueno…! ¡Qué le vamos a hacer!
En cuanto Ruperto vio aparecer el guarda, buscó entre sus plumas, sacó su boleto y se lo entregó.
-¡Calma, señores! ¡Este avestruz tiene boleto y eso es lo principal! –dijo el guarda.
Los pasajeros, al ver que Ruperto era un avestruz civilizado y cortés, volvieron a sus asientos mucho más tranquilos.

El tren siguió su marcha, cada vez más rápido. De repente, a un señor se le voló el sombrero por la ventanilla. Ya lo creía perdido cuando Ruperto sacó la cabeza por su ventanilla… ¡y volvió a entrarla con el sombrero puesto! Enseguida su dueño lo recuperó contentísimo.

Más adelante, una nena se echó a llorar porque su globo se le había escapado de la mano y había quedado pegado en el techo.
¡Entonces Ruperto se levantó, estiró el cuello y bajó el globo con su pico!






Un trecho más allá, a una señora se le cayó la cartera al suelo y se le llenó de polvo. ¡Pero Ruperto, que tenía un plumero en la cola, de un plumerazo se la dejó otra vez limpita!
Después un choco se le cayeron veinte bolitas. Entonces Ruperto se agachó y exploró con su largo cuello debajo de los asientos hasta que encontró todas las bolitas.

Además, cada vez que estaban por llegar a una estación, la gente se estiraba para agarrar los paquetes o los bolsos que habían dejado en la red.
Entonces Ruperto se levantaba y, sin ningún esfuerzo, alcanzaba los bultos y se los entregaba cortésmente a sus dueños.

Al final, los pasajeros empezaron a pensar que era una gran cosa tener un avestruz como compañero de viaje. Tanto es así que, cuando Ruperto llegó a destino, los pasajeros lo despidieron con mucho cariño. Él pasó entre los asientos, saludando a todos. Y por fin descendió junto con la viejecita en la estación.
Después se fue corriendo por el andén, feliz y contento, a buscar a su primo Polidoro.
-¿Y eso? –preguntaron asombrados unos señores que estaban en la estación-. ¿Qué es ese bicharraco que bajó del tren?
-Es un avestruz –respondió la viejecita-. Pero… ¿por qué ponen esa cara? ¿Acaso les parece algo tan raro?






Ruperto (Bolsillitos #527)
Beatriz – dibujos de Ruth

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