¡Esta es Marcela!





Había una vez una casa de departamentos con una puerta muy amplia.
Al entrar había una alfombra conel rastro de una bicicleta… porque allí había pasado Marcela.
En la casa había también un ascensor.
Sin embargo, muchas veces había que subir por la escalera…

… porque en el ascensor y con la puerta abierta estaba Marcela, que daba saltos como una bailarina mientras se miraba en el espejo.

Marcela era muy amiga del lechero, del panadero y del diariero y se divertía ayudándoles a repartir la leche, el pan y los diarios.
En cambio a Marcela no le divertían nada las visitas. Cuando iban visitas a su casa y le preguntaban: “¿Cómo estás, Marcelita?”, ella, en vez de responder, se zambullía detrás de un sofá.
Entonces su gata, que se llamaba Teresa, la seguía inmediatamente. Y las dos, debajo del sofá, jugaban a “los gatos y los ratones”.
El juego era así: en cuanto las visitas se descuidaban, la gata Teresa les rozaba los tobillos con sus patitas. Las señoras gritaban asustadas y levantaban los pies. Entonces Marcela estiraba el brazo y… ¡plífate! ¡atrapaba un ratón!

El ratón, claro, era el zapato de una de las visitas…
Y el juego terminaba con las señoras que buscaban el zapato debajo de los muebles mientras Marcela y la gata Teresa se escabullían silenciosamente.

Cuando Marcela no encontraba nada mejor que hacer iba al cuarto de su mamá, abría el ropero y se ponía los zapatos, los collares, el cuello de piel y el sombrero y al final se pintaba las uñas con el lápiz de labios.

¡Qué Marcela! Nunca podía quedarse quieta… ¡ni tampoco podía hablar sin gritar!
-¡Mamáaaaa! ¿Qué hora es? –gritaba todas las mañanas a la misma hora.
Los vecinos la oían y decían: “¡Se despertó ese demonio! Deben ser las siete”.

A mediodía Marcela chillaba:
-¡Sopa de sémola nooooo!
Y los vecinos pensaban: “¡Caramba! ¿Mediodía ya?” Y algunos servían el almuerzo y otros cambiaban la hoja de lechuga al canario.

Por las tardes, cuando Marcela volvía del colegio y se sentaba a tomar el te, siempre se le caía al suelo alguna tostada del lado del dulce. Entonces berreaba: -¡Iiiiiiiiiiih!






“Ya volvió ese terremoto! –comentaban los vecinos-. ¡Deben ser las cinco!” Entonces salían a comprar el diario o sacaban a pasear al perro.

Pero, un día, Marcela se fue de vacaciones al campo. Entonces… ¡qué alivio! todos respiraron tranquilos.
La alfombra del pasillo estaba impecable, sin una huella de bicicleta, y el ascensor funcionaba perfectamente.
-¡Por fin! ¡Qué tranquilidad! –dijeron los vecinos el primer día.

-¡Qué tranquilidad! –repitieron al segundo día.

-Pero… ¡qué tranquilidad! –exclamaron al tercer día.

Al cuarto día la tranquilidad ya era insoportable. ¡Claro! A nadie se le ocurría hacer una exposición de dibujos en el pasillo ni salir a la calle disfrazado de indio aunque no fuera carnaval.
Además, ahora todos tenían que usar el despertador para levantarse. Y muchas veces se les pasaba la hora del almuerzo, se olvidaban de cambiar la lechuga al canario o de sacar a pasear al perro.

Una semana más tarde, una vecina tocó el botón del ascensor, pero este no apareció.
Allá arriba, una marcianita con una pecera en la cabeza y botas de lluvia caminaba pesadamente hacia su nave espacial, que era el ascensor. Y esa marcianita era Marcela, que había regresado a la casa.
-¡UHF! –resopló la señora-. ¡Volvió ese demonio!

Pero aunque nadie lo dijo… ¡todos se pusieron contentos de que Marcela, otra vez, estuviera de vuelta en la casa!






¡Esta es Marcela! (Bolsillitos #510)
Beatriz – dibujos de Ruth

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