El sastrecillo valiente





Ese día en la plaza del pueblo los vecinos comentaban una terrible noticia: un gigante descomunal había invadido la comarca y estaba en el bosque, muy cerca de allí.
A todo esto, Mickey, el sastrecillo, trabajaba lo más tranquilo. Bueno, no tan tranquilo: las moscas zumbaban a su alrededor mientras cosía.

De pronto dio un manotazo contra la ventana del taller. Resultado: siete moscas que no lo molestarían más.
Mickey estaba tan contento con las moscas que había cazado que bordó en su cinturón estas palabras: ¡Maté siete de un golpe!
Y, silbando, se fue a la plaza.
-¿Es verdad que mataste siete de un golpe? –le preguntaron al verlo.
Mickey creyó que hablaban de moscas y no de gigantes.
-Sí, maté siete –dijo-. Y ahora me voy a dar un paseíto por el bosque.

Los vecinos lo miraron asombrados. ¡Allí dormía el gigante! Pero Mickey no sabía nada: se ajustó el cinturón, puso un pedazo de queso para el almuerzo en el bolsillo y agarró una manta para dormir al aire libre.
Apenas salió del pueblo se encontró con un pajarito que estaba muy cansado y no podía volar. Entonces se lo puso en el otro bolsillo.
El rato llegó al bosque. Le sorprendió encontrarse con un gigante, pero no tuvo miedo. Ese día se sentía muy valiente.
-¡Buenos días, compañero! –saludó lo más contento-. ¿Quieres charlar un rato?
-Eres una pulga impertinente –respondió el gigante-. Y… ¿se puede saber qué llevas escrito en el cinturón?

“Tan grandote y no sabe leer”, pensó Mickey, pero dijo:
-Dice “maté siete de un golpe”- ¿Has entendido?
El gigante se agarró la barriga, muerto de risa.
-Ja, ja, ja! ¡Jo, jo, jo! ¡Ji, ji, ji! Si es verdad lo que dices, podrás hacer lo que yo hago. ¡Mira!
Y agarró una piedra del camino y la partió en varios pedazos.

Mickey se alzó de hombros y con el queso oculto en la mano se agachó para recoger ora piedra. Después, apretándola junto con el queso, trituró a este en tal forma que gruesas gotas cayeron al suelo.
-Ya ves que no sólo la he triturado sino que además he conseguido sacarle agua… –se jactó el sastrecillo.

El gigante comenzaba a impacientarse. Entonces lo desafió a ver quién tiraba una piedra más alto.
Tiró el gigante: la piedra pasó sobre los árboles más altos. Mickey tomó otra piedra y al pajarito que llevaba en el bolsillo.
-¿Y? ¿Qué me dices? Mi piedra vuela hasta las nubes.






El gigante se frotaba los ojos. No podía creer lo que veía. Y, como prueba de amistad, lo convidó a comer entre los árboles.
Pero era un gigante muy falso. Cuando se tumbaron a dormir la siesta, Mickey se dio cuenta de que el gigante lo miraba con cara de pocos amigos. Después lo vio romper un árbol y hacer un garrote.
“Este me prepara una jugarreta”, pensó Mickey mientras se hacía el dormido. Entonces salió de debajo de la manta y en su lugar puso un montón de hojas. El gigante, creyendo que allí dormía el sastrecillo, comenzó a descargar furiosos golpes.
-¡Listo! –dijo al rato-. ¡Este no cuenta el cuento!
Y se echó a dormir.

Apenas había dado el primer ronquido (que parecía un trueno) Mickey lo ató cuidadosamente y lo dejó hecho un matambre.
Cuando el gigante despertó se pegó tal susto al ver a Mickey vivito y coleando que se puso a llorar.
Y desde entonces todos viven tranquilos. Ningún gigante se atreve a molesta. ¡Claro! ¡Saben que en el pueblo vive Mickey, el sastrecillo valiente!

El sastrecillo valiente (Bolsillitos #475)
Walt Disney – adaptado por Edith





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