Un hada y un brujito





Había una vez un hada muy buena que se llamaba Pirucha. Era un hada chiquita, del tamaño de una paloma. Por eso, tal vez, era tan amiga de las palomas. Sabía volar como ellas y le gustaba andar con ellas sobre los techos y los campanarios de las iglesias.
Y había también un brujito, un poquito más grande que el hada Pirucha, que se llamaba Picho. A veces también se hacía llamar Don Picho. (Pero eso lo hacía de puro vanidoso, no más…)

El cuento es que el hada Pirucha siempre tenía que estar arreglando los líos que hacía Picho. Ya se sabe que los brujitos son muy traviesos, pero Picho era más travieso que ninguno…
Por ejemplo: si al relojero del pueblo le faltaba la manecilla de un reloj, en seguida se sabía que Picho había andado rondando por su taller.

Si dos gallos se habían peleado en el gallinero, seguro que allí había andado Picho, oficiando de árbitro de la pelea.

Pirucha entonces tenía que ir a buscar la manecilla del reloj para dársela al relojero, pegarles las plumas perdidas a los gallos,

y también borrar el pizarrón de la maestra de las hadas donde Picho escribía con letra muy grandes cosas como:

-¡Qué Picho éste! -comentaba Pirucha a sus amigas palomas mientras se abanicaba con una hoja.
Y no acababa de decir esto cuando la hoja se le volaba como por arte de magia. ¿Quién podía ser el que le había hecho volar la hoja? ¡Picho, naturalmente!

Hasta que un día el hada decidió darle una lección. Por cada travesura de Picho, ella haría otra más grande.
Así lo hizo. El día en que el brujito se fabricó un barrilete y le pintó una cara de ogro para asustar a la gente, Pirucha llamó a las palomas para que, cuando él lo remontara, se lo picotearan en pedacitos. Y el barrilete cayó como lluvia de papel “picoteado”.

-¡Feliz Carnaval, Picho! –le dijo, burlona, el hada Pirucha.
-¡Ah! ¿Así que ahora son las hadas las que hacen líos? –preguntó Picho enojadísimo.
-Si –replicó el hada-. Y te juego a quién es más malo de los dos.






Y el hada pirucha siguió haciendo una travesura tras otra, una peor que la otra. El pobre brujito estaba de lo más avergonzado: su orgullo de brujito se venía abajo. Pero lo que más le molestó fue cuando Pirucha se metió en la escuela de los brujitos y escribió en el pizarrón:

-¿Quién escribió estas tonterías? –preguntó el maestro de los brujitos indignado.
-Yo –sonó la voz aflautada de Picho.
-Estás aplazado –gruñó el maestro-. ¡Y si quieres volver a pisar la escuela tendrás que venir acompañado de tu mamá!
El hada, a todo esto, se ahogaba de risa detrás de la puerta, porque era ella la que había imitado la voz de Picho.
El brujito había pasado el papelón más grande de su vida. Sus compañeros de clase se burlaban de él y decían en coro: “¡Picho es bueno! ¡Picho es bueno!”.

Por fin el brujito, cansado de las travesuras del hada Pirucha, un día le propuso:
-Está bien… no haré tantos líos como antes, pero, por favor… ¡tú no hagas tantos líos como ahora!
¡Aceptado! ¡De acuerdo! –respondió sonriente el hada. Y le dio un beso.
Desde entonces Picho y Pirucha son muy amigos. Y Picho ya no hace más líos… ¡Bueno! Sólo a veces… ¡porque si no no sería un brujito!






Un hada y un brujito (Bolsillitos #577)
Edith – dibujos de Ruth

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