El arbol de oro





Una vez, tres torcazas pichonas andaban por el bosque. De repente se encontraron con el buho brujo Muchobuche.
Muchobuche, entonces, les hizo a cada una una regunta que parecía sencilla, pero que no lo era tanto.

-¿Qué prefieres? -le preguntó a la primera torcacita-. ¿Vivir siempre en un laurel o vivir un sólo día en un árbol de oro y después quién sabe dónde?
-¡En un laurel! -dijo la torcacita sin pestañear.

-¿Qué prefieres? -le preguntó a la segunda-. ¿Vivir siempre en un manzano o un sólo día en un árbol de oro y después quién sabe dónde?
-En un manzano -contestó ella rápidamente.
-¿Qué prefieres? -le preguntó a la tercera-. ¿Vivir siempre en un roble o un sólo día en un árbol de oro y después quién sabe dónde?
-En un árbol de oro, aunque sea por un sólo día -contestó la torcaza.

Más tarde, sus hermanas le dijeron que había sido una tonta. Le aseguraron que los árboles de oro no existen o que están en un lugar tan lejano que no vale la pena buscarlos.
Con el tiempo, las torcacitas crecieron. La primera encontró un laurel verde oscuro y en él hizo su casa. La segunda encontró su manzano.

La tercera, en cambio, vivió un opco acá y otro poco allá, sin anidar en ninguna parte porque andaba buscando siempre su árbol de oro.



No lo encontró en enero ni en febrero ni en marzo ni en abril. No lo halló en el otoño ni en el invierno ni siquiera en primavera, cuando uno encuentra tantos árboles nuevos y relucientes. Pero igual siguió buscándolo.
Entonces llegó el verano y la torcacita pensó que sus hermanas tenían razón: más le valía olvidar el árbol de oro e ir a vivir directamente a “auién sabe dónde”.

Volando sin rumbo llegó hasta la ciudad. Vió una gran claridad en el centro de la plaza y pensó que habían puesto un nuevo farol.
Pero la claridad no tenía forma de farol ni de cartel luminoso. ¡Tenía forma de árbol! Al acercarse, la torcaza vio que realmente, era un árbol que brillaba como el oro.

De alegría, no pudo detenerse. Siguió revoloteando y pasó junto a las ventanas de las casas. En cada una, había pequeños arbolitos, pinos maravillosos, relucientes.
-Son los árboles de oro -se dijo-. Dan manzanas, nueces, galletitas con forma de ruedas y de corazones. ¡Dan caramelos envueltos en papeles de colores! ¡Dan estrellas! ¡Dan globitos de plata y oro!

Eran más lindos que los que jamás había soñado. La torcacita eligió el más hermoso de todos, que estaba en un jardín. En una rama en horqueta había una cunita de paja, como un nido, con un niñito de cera. La torcaza se acurrucó junto a él. A su alrededor los chicos, los papás y los abuelos cantaban canciones y se decían unos a otros:
-Feliz Nochebuena! ¡Feliz Navidad!
La palomita se durmió muy feliz, arrullada por los cantos y las voces, como si fuera la dueña de ese árbol de oro.

Al día siguiente, todo el día revoloteó a su alrededor, picoteó manzanas y masitas, y se miró en el espejo de los globos dorados. Y visitó al papá Noel de mazapán y cantó con los pajaritos de cristal.

Cuando terminó la Navidad y la mamá y los chicos de la casa empezaron a sacar los adornos del árbol, la torcaza supo que, en ese momento, tendría que ir a vivir “quién sabe dónde”. Entonces miró mejor y vio que dentro del árbol había un lugar para hacerse un nidito justo a su medida.
Y al final supo que un lugar llamado “quién sabe dónde” también puede ser un buen lugar.


El árbol de oro (Bolsillitos #607)
Beatriz – dibujos de Ruth

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