Ada va al zoológico






A pesar de que la señorita Ada era un hada, sus amigos Chiquita y Miguel le ganban en una cosa; ¡conocían mejor que ella los animales del zoológico!
-¡Nunca tengo tiempo para ir al zoológico! –decía la señorita Ada-. Ya no recuerdo si la jirafa ruge o relincha…
-¡La jirafa es muda! –le dijeron los chicos muertos de risa.
Esa tarde la llevaron al zoológico. Lo primero que vio la señorita Ada fue un cartel que decía: “Sea compasivo con los animales”.
Y en seguida se encontró frente al rinoceronte.
-¡Pobrecito! ¡Qué feo es! –dijo Ada compungida-. ¡Tiene una cola demasiado corta para semejante cuerpo..!

De pronto vio al pavo real, que pasaba por entre la gente como un señor importante.
-¡Y miren ese gallito! –dijo sorprendida-. ¡Con su cola barre el piso como una hoja de palmera!
En seguida levantó su varita. Los chicos no tuvieron tiempo de decirle: ¡¡No, Ada, no hagas eso!”, porque ya estaba hecho.
El pavo real quedó rabón y al rinoceronte le salió una maravillosa cola en forma de abanico. ¡Un rinoceronte real!

-¿Ada, qué hiciste? –preguntaron los chicos.
-Fui compasiva con este viejo rinoceronte –les respondió Ada tan tranquila.
Y, tomándolos de la mano, corrió con ellos a mirar los ciervos.
-¡Oh! ¡Ese ciervito está tiritando de frío! –exclamó al ver uno que temblaba.
En ese momento por allí cerca pasó un perro “caniche”. Ada lo miró fijo…
-Por favor, Ada, no vuelvas a ser tan “compasiva”… ¡No hagas más líos! –rogaron los chicos, que ya se imaginaban lo que iba a pasar.






Pero la señorita Ada ni los oyó. Nuevamente esgrimió su varita mágica y, en un segundo, el perro quedó pelado… ¡y el ciervito se transformó en una especie de oveja de patas larguísimas!
-¡El guardián nos va a matar! –le advirtieron los chicos.
Pero Ada, sin preocuparse, los arrastró alegremente hasta la jaula de los monos.
En esos momentos, un chimpancé trataba de ponerse de sombrero una caja de galletitas vacía…
-¡Qué ganas tiene de ponerse un sombrero! –exclamó Ada al verlo.
Miró a su alrededor y vio a lo lejos un guardián. “¡Con los guardianes no se juega!”, iban a decirle Chiquita y Miguel. Pero fue demasiado tarde.

Allá lejos, el guardián buscaba su gorra por todas partes. ¿Qué viento misterioso se la había robado?
¡Y el mono en su jaula, muy feliz, se la puso hasta los ojos. Esta ve, Chiquita y Miguel se rieron a carcajadas.

¡Y allí terminó la diversión! Porque en el jardín zoológico ya se había corrido la voz de que por allí andaba un prestidigitador que, con trucos de magia, les hacía ver a todos cosas raras…
-¡Un prestidigitador me robó la gorra! –gritaba el guardián, rojo de rabia.
-¡Me hipnotizaron! –chillaba una señora-. ¡Vi a un “caniche” pelado y a un ciervo peludo!
-Le creo, le creo –decía el director del jardín zoológico-. Yo acabo e ver un rinoceronte con cola de pavo real…
La gente estaba alborotadísima… ¡Y Ada, Chiquita y Miguel escaparon del zoológico a todo lo que daban!

-¿No te parece que tienes que arreglar este lío? –le preguntaron los chicos.
-¡Si, sí, claro! –dijo la señorita Ada, y dio cuatro golpes en el aire con su varita.
Uno, para que el pavo real recuperara su cola. Otro, para que el guardián recuperara su gorra.
El tercerto, para que el “caniche” volviera a tener sus rulos…
-¿Y el cuarto? –preguntaron los chicos.
Para que el aceite de ricino, que luego van a darle al elefante, tenga gusto a chocolate –contestó la señorita Ada.
¡Y se fue muy satisfecha de haber sido compasiva al menos con el elefante!






Ada va al zoológico (Bolsillitos #541)
Beatriz – dibujos de Agi

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