Carlitos y su elefante







-¡No entiendo por qué no te gustan los maníes!- le decía Carlitos a su elefantito de trapo-. ¡A mí me encantan!
-¡Tal vez le encanten a él también! -dijo entonces el brujito Ticho, que, para no perder la costumbre, había estado espiando por la ventana.
-Y entonces, ¿por qué no los come? ¿Eh?
-Porque es de trapo – contestó Ticho entrando en la habitación.

-¡Qué pena que Palumbo no sea un elefante de verdad! –suspiró Carlitos.
-Si quieres puedo transformarlo en un elefante de verdad –susurró Ticho.
-¡Claro que quiero! –gritó Carlitos-. ¡Lo llevaré conmigo a la plaza!
-Bueno. Pero recuerda que el embrujo se termina al caer el sol.
Y, tocando al elefante con el palo de su escoba, Ticho dijo “prixli”. El elefante comenzó a crecer a crecer y a crecer. Luego, con un berrido, anunció que ya era un elefante de verdad.
Loco de contento Carlitos le abrió la puerta de casa y el elefante, agradecido, lo agarró con su trompa y lo sentó sobre su lomo.

-¡Qué contentos se van a poner mis amigos cuando te vean! –repetía Carlitos palmeando a Palumbo en el lomo.
Efectivamente, los chicos se pusieron muy contentos.
El elefante, que era muy bueno, los paseó a todos por toda la plaza y los dejó que se deslizaran por su trompa como por un tobogán. Después los empujó en las hamacas con la trompa bien bien alta. Uno de los chicos llegó a decir que había tocado una nube, pero nadie le creyó.

De pronto llegó el guardián: abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla y preguntó:
-¿Qué hace aquí este elefante?
-Lo traje desde mi casa –explicó Carlitos.
-¿De tu casa? _Ja, ja, ja! –dijo el guardián riendo a carcajadas. Y agregó: -Este elefante se escapó del zoológico. ¡Lo devolveré en seguida!
-¡Le digo que este elefante es mío! ¡Se llama Palumbo! –gritaba Carlitos.
-¡No digas tonterías! –gritaba el guardián muy enojado. Y en una de esas, ¡zas!, con su bastón le pegó en la cola a Palumbo.






No tendría que haberlo hecho porque a Palumbo no le gustaba que le pegaran con un bastón. Así es que metió su trompa en la fuente, aspiró bien el agua y luego bañó al guardián de pues a cabeza.

Pero, como al guardián no le gustaba que lo mojaran de pies a cabeza, se puso tan furioso que salió corriendo a buscar un vigilante.
Cuando regresó, el elefante estaba muy quieto en medio de la plaza.
-Este no es un elefante –dijo el vigilante al verlo-. Es un monumento.
-¡Un monumento no arroja agua! ¡Y este me empapó todo! –protestó el guardián.
-Hay monumentos que arrojan agua -dictaminó el vigilante.

Palumbo largó un chorrito de agua y el vigilante se retiró bastante disgustado porque le habían hecho perder tiempo.
Al ratito, el guardián regresó con un ratón.

-Los elefantes le tienen miedo a los ratones –dijo-. ¡Y, como este elefante no es ningún monumento, se va a pegar un buen susto!
El guardián tenía razón. Al ver al ratón, Palumbo se pegó tal susto que, de un salto, se escondió en los brazos de Carlitos.
Por suerte en ese momento se terminó el embrujo porque, si no, Carlitos se hubiera caído al suelo aplastado.
El que se cayó de sorpresa, en cambio, fue el guardián. Y ahí se quedó boquiabierto mientras los chicos volvían a sus juegos de siempre y Carlitos corría a su casa abrazando fuertemente a Palumbo, su elefantito de trapo.






Carlitos y su elefante (Bolsillitos #519)
Nora – dibujos de Ruth

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