Mi coatí y yo







Me llamo Diego. Tengo seis años y un coatí. Mi papá nos sacó una foto al coatí y a mí. Miren: el más grande soy yo.

El año pasado hice una casa para mi coatí: la hice con maderas de la selva. Pero mi coatí es muy paseandero, rara vez se queda en casa. Apenas me distraigo sale corriendo para el monte.
-¡Eh, coatí! ¿Adónde vas? –le digo.

Pero ya está corriendo, y yo tras él. Me abro paso a golpes de machete: el monte es tan espeso que no se ve ni un rayito de luz.
De pronto, dos lucecitas brillan en la oscuridad.

-¿Quién anda ahí? –pregunto.
-¡Grrrfff! –me contestan. Y un puma se abalanza sobre mí.
Suerte que llevo mi machete. Lo revoleo en el aire y…

-¡Pará, ché amigo! –grito. Y le doy un machetazo al puma y lo dejo dormido.
-¡Qué susto! Suerte que pasó. Entonces -¿quieren creer?- aparece mi coatí lo más contento, moviendo la cola como un perrito.
-¡A la casa! –le digo.
Pero en vez de ir a casa el coatí sale corriendo rumbo al río. Bueno, por suerte yo también tengo sed.
Y ahora los dos tomamos agua.

-Me imagino que ahora te quedarás tranquilo –le digo.
¡Qué esperanza! Ya está corriendo por la orilla… y ¡plaff! ¡se cae al río de cabeza!
En ese momento aparece un yacaré con la boca abierta… y no para bostezar precisamente. Tengo miedo de que se coma al coatí. Entonces agarro un palo de la orilla y me zambullo en el río.

-¡No tengas miedo, coatí! ¡Ya voy para allí!
¡Nado por debajo del yacaré y cuando salgo a la superficie lo tengo a dos pasos. Veo su bocaza enorme, en donde coloco un palo para que no pueda morder.






-¡Yacaré boca abierta! –le grito riéndome-. ¡Ahora no podrás comer a nadie! ¡Y no llores porque yo no creo en lágrimas de yacaré!
Por fin, vuelvo a la orilla. Mi coatí se sacude como un perrito mojado. Y, cuando quiere echar a correr otra vez, lo agarro y me lo llevo bajo el brazo.
-¡Estoy cansado de tus líos! ¡Esta es la última vez que te salvo! –protesto-. ¡Ya se acabó mi santa paciencia!

Pero él no comprende. Cree que estoy jugando y me hace cosquillitas con su hocico. Entonces yo me río y ¡zas! Se escapa otra vez.
No avanza treinta pasos cuando aparece una víbora. ¡Corro para salvarlo! ¡Otra vez el coatí que se escapa vaya a saber adónde!

Por fin vuelvo a casa. Estoy cansado, mojado, lleno de tierra y barro. Durante una hora estuve buscando a mi coatí por todas partes.
-Pero… ¡qué aspecto! –dice mi mamá al verme.
-Fue por mi coatí –explico desfalleciente.
Pero ella no me cree porque el coatí está junto a su casita, muy tranquilo, tomando el sol.

-¡Te daría una paliza! –le digo al coatí.
Pero no le doy una paliza sino que le acaricio el lomo. Porque mi coatí es muy travieso, pero muy simpático. Y yo, bueno, yo también.




Mi coatí y yo (Bolsillitos #494)
Pedro – dibujos de Chacha

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