El vigilante del sueño







Abelardo es el vigilante del sueño. En la oscuridad de la noche va de casa en casa con una bolsa al hombro. Donde ve una luz encendida se detiene. Entonces mete la mano en la bolsa, saca un puñadito de arena finísima y la sopla a través de las rendijas de las puertas o de las ventanas.

Esa arena invisible es “arena del sueño”, y se mete en los ojos de los que aún están despiertos.
-Me está entrando sueño… –dice entonces un chico. Se frota los ojos… ¡y se queda dormido!

A veces Abelardo tiene muchísimo trabajo. El 5 de enero, por ejemplo, tiene que soplar más arena que nunca para que los chicos que esperan a los Reyes Magos con los ojos abiertos se duerman de una buena vez.
¿Se ve luz en una casa? ¡Sopla su arenita y a dormir todos!
¿Luz en un rascacielos? Trepa por los balcones, camina por las cornisas, desparrama su arena y… ¡buenas noches!

Pero una noche ocurrió algo muy extraño. Las luces no se apagaron; no se oyó ni un solo bostezo. En cambio por dende pasaba Abelardo… ¡se oían carcajadas!
Chicos y grandes se reían a más no poder y despertaban a los que ya dormían.

-¡Qué hice! ¡Qué hice! –exclamó Abelardo golpeándose la frente.
En vez de arena de sueño había estado desparramando polvo de risa. ¡Se había equivocado de bolsa!
La gente se pasó la noche riendo, sí, pero a la mañana siguiente los empleados se durmieron en las oficinas, los chicos se cayeron de sueño en la escuela y las maestras no hicieron más que bostezar; o como si solamente supieran enseñar la letra”o”.

Al caer la noche, Abelardo tomó una nueva bolsa y salió a trabajar. Pasó horas soplando arenita de sueño por las rendijas de las casas iluminadas.
Sin embargo, en vez de escucharse solamente el “chist-chist” de las lechuzas, en todas partes se oyó: “¡At-chís! ¡At-chís! ¡At-chís!”
-¡Qué tonto! ¡Qué tonto! –gritó Abelardo dándose un tirón de barba-, ¡En vez de arenita desparramé pimienta en polvo!
Y las lechuzas y los gatos trasnochadores se rieron de él…

Abelardo se prometió que no volvería a equivocarse y, por la noche, antes de salur abrió una bolsa y se dijo:
“¡Esta debe ser la arena de sueño!”
Pero no: era polvo verde de la risa. ¿Y la otra? La del pimentón rojo de los estornudos. ¿Y la de más allá? La del azúcar rosa para endulzar lagrimitas.
¡La arena de sueño se había acabado! Y… ¡se comprende! ¡Le había durado siglos…!
-¿Y ahora? –preguntó una luchuza.
-¡Eso! ¿Qué pasará ahora? –quiso saber un gato amarillo.






Parecía que el pobre Abelardo nunca más iba a poder repartir su arenita… ¡Y que el mundo iba a quedarse sin sueño!
Sin embargo Abelardo encontró una excelente solución: corrió hasta un estanque donde se reflejaba la gran luna llena. Tiró la red y pescó el reflejo de la luna redonda.

Una vez en su casa fue a la cocina, tomó un rallador y ralló la luna como si fuera queso.
Abelardo llenó tres bolsas con polvo de luna ¡blanco como el coco!

-¡Quién sabe si resultará igual que la arenita del sueño! –comentó la lechuza.
-¡Eso! ¡Quién sabe! –suspiró el gato amarillo.

Abelardo lo ensayó esa misma noche. Tímidamente lo sopló en las casas. Después se detuvo y escuchó. Y no oyó ni una voz ni una risa ni un estornudo. ¡Solamente ronquidos!
-¡Duerman bien! –susurró Abelardo encantado-. ¡Y ojalá tengan sueños en colores!






El vigilante del sueño (Bolsillitos #558)
Beatriz – dibujos de Ruth

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.