La tetera mágica







Desde su ventana la viejita de la bohardilla siempre miraba lo que hace el Sol con las casas; cómo las pinta de rosa por la mañana y cómo les hace brotar oro al atardecer.
-El sol es un mago. ¡El único capaz de hacer encantamientos! –exclamaba la viejita.

Pero en esto último se equivocaba. Porque en su propia casa, sobre un estante, había una antigua tetera de barro. La viejita le quitaba el polvo todos los días… y no sospechaba nada.

Un día, su nieto Sebastián quiso darle una sorpresa y le llevó un ramo de alelíes rojos: sus flores preferidas. La vieja abuela le dio las gracias y tres besos y se puso a buscar un florero.

En el florero verde no las podía poner porque allí guardaba las zanahorias; en el azul tampoco porque guardaba las arvejas y el amarillo era demasiado chico.. Entonces miró el estante y exclamó:
-¡Ya sé! ¡Las pondré ahí, en la tetera!

Colocó los alelíes, puso agua y, de pronto, oyó un silbido. Un chorro de vapor azul salió con fuerza por el pico y la tetera se sacudió como si tuviera un motorcito. ¡La tetera parecía capaz de echarse a volar!
La abuela, sin soltarla, hizo fuerza para retenerla, pero… ¡en un instante salió por la ventana, colgada de la tetera!
-¡Cuidado, abuela! –gritó Sebastián tomándola de la pollera. Pero, en vez de sujetarla, salió volando él también por la ventana.

Así volaron y volaron, primero bajo las nubes, y después sobre las nubes… ¡pero siempre hacia el norte! ¿Adónde los llevaría esa tetera? ¡Imposible saberlo!






Después de atravesar ciudades y campos, la tetera empezó a descender, y con ella la abuela y Sebastián. Empezaron a bajar en remolinos lentos como en una calesita aérea, hasta que por fin la tetera se posó… ¡sobre una mesa de cumpleaños tendida al aire libre!
Los que rodeaban la mesa quedaron estupefactos. Y el que estaba sentado en la cabecera exclamó, sorprendido:
-¡Esto es espléndido, estupendo, maravilloso! ¡Esta tetera me ha caído del cielo! ¡Ahora podré tomar mi bebida preferida: te de alelíes!
El que hablaba era Relumbrón, un viejo mago que cumplía años cada cien años y lo festejaba tomando te de alelíes.
Y, después de invitar a la reunión a Sebastián y a la abuela, Relumbrón les contó la historia de la tetera:

-Hace noventa años –comenzó- perdí la tetera en una mudanza. Ni con mis poderes mágicos logré descubrir dónde estaba; seguramente rodó por el mundo, de mano en mano, hasta llegar a usted, señora. Sin duda, al llenarla de alelíes, ella recordó el te que yo solía hacer en ella y vino a mi encuentro, aquí, al Pueblo de los Magos…
después, gentilmente, los convidó con pasteles de limones dulces, bombones rellenos con música y alfajores de risa. Sebastián y la abuela se sentaron unto a las hadas, los magos y las brujas, y lo pasaron maravillosamente.

Cuando llegó el momento de partir, el mago Relumbrón quiso regalarles la tetera.
-¡Oh, no! –exclamó la abuela- Volveremos sobre cualquier cosa: ¡una zanahoria o un rastrillo encantado!
Relumbrón les “encantó entonces una cómoda azucarera redonda.

Abuela y nieto se despidieron con reverencias y volvieron a su casa, otra vez por el aire.
Y ahí está la viejita, diciéndose que, además del sol, hay otros magos. Y allí está la azucarera, en el estante de la bohardilla… ¡hasta que alguien la llene con azúcar de peperina, que es la preferida del mago Relumbrón!






La tetera mágica (Bolsillitos #564)
Beatriz – dibujos de Ruth

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