La bruja Malamaña





Había una vez una vaca que comía solamente unas plantas que se llaman colas de zorro. Y, de tanto comer colas de zorro, e había hecho muy astuta.
También había un burro que pastaba siempre en un campo de tréboles. ¡Y de tanto comer tréboles de cuatro hojas se había convertido en un burro de suerte!
Un día, el burro de suerte le dijo a la vaca sabia:
-¡Si nosotros trabajáramos nos haríamos ricos!
La vaca cortó una margarita con los dientes y exclamó:
-¡Mmmuuuu” ¡Buenísima idea!

Desde entonces, los dos trabajaron la tierra.
A veces la vaca se sentaba, pensaba un rato y por fin decía:
-¡Papas! ¡Eso es! ¡Conviene sembrar papas!
O si no:
-¡Avena! ¡Eso es lo mejor! ¡Sembraremos avena!
Y entre los dos sembraban el campo, lo regaban y por fin lo cosechaban.

Entonces el burro llenaba las alforjas de papas y avena e iba al mercado
¡Tenía tanta suerte que le compraban papas hasta los que no podían ni ver el puré! ¡Y le compraban avena hasta los chicos que detestaban la sopa de avena!

En esa forma, muy pronto se hicieron ricos.
La vaca se compró un pañuelo floreado, y se sentía muy orgullosa cuando sus vecinas le preguntaban si era de nylon o de muselina.

¡El burro se colgó del cuello un reloj de oro y decía la hora a todo el mundo aunque no se la preguntaran!

Los dos habrían seguido tranquilos y felices si no hubiera sido por una bruja campesina que se llamaba Malamaña. Porque Malamaña tenía sus planes…
Un día en que la vaca sabia paseaba por el campo, Malamaña se le acercó, le dio un tremendo empujón y la hizo entrar en un establo oscuro. Allí la encerró con candado y llave.
El burro, al no encontrar a su amiga, la vaca sabia, se puso a buscarla. Anduvo por todas partes y pasó también frente a la casa de la bruja. ¡Entonces ésta, rápidamente, lo enlazó y lo ató a un palenque, junto al establo!

-¡Tengo una vaca que sabe plantar! ¡Tengo un burro que sabe vender! –reía la bruja, con una risa que parecía el chirrido de una puerta-. ¡Seré riquísima!
Los dos amigos, mientras tanto, lloraban hocico contra hocico…
Por otra parte, la vaca sabía que, como no podía comer las colas de zorro de su potrero, muy pronto dejaría de ser astuta. Y el burro, al no poder comer sus tréboles, muy pronto perdería su buena suerte.
¡Sin astucia y sin suerte, nunca iban a poder librarse de Malamaña!






-¡Hay que pensar algo rápidamente!- dijo la vaca, con el poco ingenio que le quedaba. Y susurró algo en la punta de la oreja del burro.
Cuando la bruja le preguntó qué tenía que plantar, la vaca respondió:
-¡Frutillas! Pero no frutillitas… ¡frutillas gigantes! Yo misma te daré las semillas…
Y sacó las semillitas que guardaba en el dobladillo del pañuelo.
La bruja las plantó, saltando y silbando. Después las regó con agua mágica.

Esa misma noche crecieron las plantas. Y, a la mañana siguiente, dieron unos frutos colorados enormes.
-¡Era cierto! ¡Son frutillas gigantes!- exclamó la bruja maravillada.
Antes de ir a venderlas con el burrito abrió muy grande la boca y se comió una entera.

Entonces, de repente… se puso toda roja. ¡Y blanca! ¡Y violeta!
¡Después empezó a saltar como si tuviera resortes en los zapatos!
A los saltos corrió a buscar su escoba y, corcoveando por el aire, se perdió de vista. ¡Y no paró hasta llegar al Polo Norte!

Porque aquellas no eran frutillas gigantescas: ¡eran ajíes! ¡ajíes picantes que hacen saltar y bailar y queman como fuego…!
El burro, por suerte, encontró las llaves del candado y liberó a la vaca. ¡Y los dos volvieron a su casa contentos como si no hubiera pasado nada! Pero había pasado algo. Porque allá lejos, en el Polo… ¡había una bruja que hacía buches con agua Helada!






La bruja Malamaña (Bolsillitos #511)
Beatriz – dibujos de Ruth

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