El toro Ferdinando







A los pies de un antiguo castillo, en el mediodía de España, dormitaban bajo el hermoso sol andaluz las praderas floridas de una gran hacienda, donde se criaban los toros para las famosas corridas.

Y allí vivía un lindo torito de nombre Ferdinando.
Sus compañeros pasaban el día corriendo, saltando, brincando, persiguiéndose y topetándose unos a otros. Y revelaban ya el espíritu de combate tan apreciado en animales destinados al redondel de la lidia.
Ferdinando, sin embargo, en nada se asemejaba a sus compañeros: carecía del instinto de pelea y no tenía ninguna inclinación para los juegos violentos. Era un buen chico que prefería los paseos tranquilos por los prados y amaba la soledad, el descanso, la meditación y el ensueño: un ser muy pacífico y callado.
Su placer más grande era el de recostarse en la hierba, debajo de una encina enorme, de copa espesa y oscura. Y en la sombra tibia aspiraba el perfume de las flores, con una sensación de bienestar, de felicidad, que no se preocupaba en ocultar.

La madre, una vaca regordeta y bonachona, de ojos húmedos y dulces, sufría por es actitud tan soñadora y melancólica, y a menudo, cuando Ferdinando estaba acostado a la sombra de la encina, se le acercaba y en su idioma vacuno le reprochaba su indolencia.
Pasaron los meses. Pasó un año y otro año. Entretanto Ferdinando crecía.

Todos los años, su madre, que, pobrecita, iba envejeciendo, marcaba una muesca en el tronco de la encina, a la altura de la cabeza del hijo, para ver el progreso de su estatura.
Mas con los años en nada había cambiado su carácter a pesar de su recia estampa, y él seguía aborreciendo la lucha, los juegos arrebatados, las carreras locas y conservaba sus costumbres de poeta y su pasión por las flores.
Como en su infancia, prefería quedarse tendido bajo la encina, sobre la muelle alfombra de la hierba verde, mirando las nubes, los pájaros y las mariposas. La madre, siempre más vieja y amorosa, ya no desesperaba por él: sabía que eso no tenía remedio.

Llegó la primavera.

Y un día, en las paredes de las casas del pueblo y hasta en los troncos de los árboles, aparecieron grandes carteles de colores vivos, anunciando una fantástica corrida de toros en Madrid; en ella participarían banderilleros famosos, cuadrilleros célebres, matadores y espadas de primer orden. Aquello debía ser un gran espectáculo.
Los toros jóvenes se reunían frente a los carteles y los contemplaban casi serios. Sería un gran honor para ellos tomar parte en esa corrida, sería una gloria, pero, al mismo tiempo, eso significaría la muerte y una muerte dolorosa.
Fue así a como llegó a la hacienda una comitiva de señores de largo bigote, que fumaban largos cigarros, llevaban gruesos anillos de oro en los dedos y lucían gruesas cadenas de oro, sobre sus gruesos vientres.
Eran los organizadores de la gran corrida, que venían en busca de buenos toros para la lidia. Necesitaban animales fuertes, briosos, de agudos cuernos y ojos llameantes, para que la fiesta torera resultara sensacional.

Bajo la atenta mirada de esos señores, los toros de la hacienda rivalizaron en amor propio, corriendo, saltando, dándose cornadas y ofrecieron un espectáculo lleno de emoción y sorpresa.
Los señores de grueso bigote y largos cigarros contemplaban la escena con entusiasmo e interés, pregustando ya la hermosura de la próxima corrida.
Cuando por fin apareció Ferdinando, se elevó entre la pequeña comitiva un murmullo de admiración.
-¡Qué toro magnífico!
-¡Soberbio animal! La corrida está asegurada…
Pero el coro de alabanzas cesó bruscamente y los cinco forasteros se miraron sorprendidos.
Ferdinando avanzaba tranquilamente, con paso lento y solemne, los ojos soñadores, el aire indiferente. Dobló un poco la testa maciza hacia el grupo de gruesos bigotes y gruesos cigarros, echó una breve mirada curiosa y luego se volvió despectivamente, para dirigirse hacia la encina, donde se tendió feliz en la hierba.
Los peritos de arte taurino lanzaron un grito de indignación, irritados y desilusionados. Estaban avergonzados de su entusiasmo inicial, y se miraron ofendidos por este ejemplar tan raro de la raza vacuna.
-Este no es un toro…
-¿Qué se habrá creído? ¡Es un corderillo!
Entretanto Ferdinando, indiferente y abstraído, soñaba feliz, embriagado de perfumes.
De pronto, en el aire cálido, una avispa maligna, con su vestidito a rayas, comenzó a zumbar alrededor del calmoso Ferdinando. Y zumba y zumba, el toro paró las orejas y dio muestras de inquietud. “Zzzz… Zzzz… Zzzz…” De improviso, el pérfido insecto se precipitó contra los cuartos traseros de Ferdinando con su aguijón tendido como una lanza y le plantó muy hondo en la carne su arma venenosa.
Ferdinando sintió un dolor agudísimo, levantó el testuz airado y lanzó un mugido espantoso, un mugido tan atroz, que en una milla a la redonda la gente palideció de miedo.

Ferdinando dio un brinco, se puso de pie furioso y se lanzó hacia delante en loca carrera; el dolor y la ira habían vencido su temperamento apacible; el poeta se había transformado en una fiera sedienta de venganza que corría como un vendaval rugiente.
Gacha la cabeza, las astas tendidas, el cuerpo vibrante, Ferdinando se arrojó sobre un muro de piedras rústicas… El muro se deshizo como un castillo de naipes y las piedras volaron por el aire como plumas.
Pero la vista de ese primer destrozo no calmó la rabia del toro, que se echó sobre un grupo de compañeros con el ímpetu de un alud; éstos quedaron helados es espanto y no atinaron a huir.
Ferdinando atropelló al grupo como un bólido desprendido del cielo y pareció realmente una roca que se precipitara de una montaña… Uno de los toros quedó tendido en el suelo; otro voló por el aire como un muñeco, dio tres volteretas y cayó al suelo como muerto; otro se alejó arrastrándose maltrecho, y muy pocos lograron escaparse, con la velocidad del rayo.
Luego el animal retomó su carrera furiosa, resoplando y mugiendo. Se fue contra una casita de madera, refugio de labradores, que crujió desmantelada y se deshizo en astillas por la violencia del topetazo.
Pareció que Ferdinando se daría por satisfecho: la verde llanura no ofrecía ya obstáculos, fuera de algunos árboles inofensivos.
El grupo de los cinco señores de grueso bigote y largos cigarros, temblaba de pies a cabeza, víctimas del pánico. Aquello no era un toro: era una tormenta, un tornado, un alud, una fuerza destructora soltada como un huracán.

Confiaron que el toro no se daría cuenta de su presencia. Confiaron que se habría olvidado de ellos. ¡Vana ilusión! Ferdinando husmeaba el aire, mirando hacia el viejo roble. Con suma prudencia los cinco empresarios trataron de ocultarse detrás del árbol, que apenas podía cubrir a uno de los gordos señores.
Ferdinando corría siempre, enderezando sus rápidos pasos hacia el roble, que escondía un poco a los cinco desgraciados. En pocos instantes, echando espuma y todo sudoroso, el toro estuvo frente al árbol y arremetió con ímpetu formidable. El tronco se rompió en dos y la copa oscura cayó oportunamente obre los empresarios de toreo, ocultándolos a la vista del toro. Estaban salvados.
El terror desapareció poco a poco; la calma renació; la sonrisa volvió a sus rostros. Y renació también en los cinco empresarios de corridas en entusiasmo y la alegría: ese toro era un animal extraordinario.
-¡Magnífico! ¡Este es un verdadero campeón!
-¡Qué fuego! ¡Qué furia!
Y el coro de alabanzas siguió por largo rato.
Se comprende… una gran corrida de primavera necesita un toro extraordinario, excepcional, un campeón de gran clase, una catapulta viviente, de reluciente pelambre, de soberbio porte, de impresionante vigor.
-Pagaremos el precio que se nos pida –afirmaron en el colmo del entusiasmo.
Y el negocio se cerró rápidamente. El propietario nunca había vendido un toro de lidia a precio tan alto, aunque desde muchos años abastecía las mejores corridas de España; los cinco empresarios tampoco habían hallado nunca en su larga labor un fenómeno como aquél.
Se resolvió, pues, que el campeón partiría para Madrid.
Ferdinando, después de haber destrozado el viejo roble detrás del cual se habían guarecido los forasteros, siguió corriendo un centenar de metros aún; luego, calmado el escozor de la herida, se aplacó y volvió por sus cabales: a su mansedumbre de buen toro-poeta.
Con paso breve, oliendo las hierbas y las flores más bellas que nunca ahora que había desahogado los malos sentimientos de ira, tan ajenos a su temperamento, se dirigió hacia su árbol preferido: la vieja encina enorme, que cobijara tantos sueños felices.
Y fue allí, debajo de la vieja encina, donde vinieron a buscarlo, para llevarlo al carro en que debía viajar, como pasajero de gran respeto, hacia Madrid.
Cuando le invitaron a subir al carricoche, Ferdinando se quedó perplejo. No comprendía para qué podía servir ese cajón tan grande sobre ruedas macizas. A veces había visto a los labradores conduciendo en un gran armatoste así, leña o hierba, pero nunca se le había aparecido allí adentro, allá arriba un toro o una vaca. ¿Qué significaría todo eso?
Él no tenía ninguna inclinación para las novedades, para todo lo que interrumpiera sus costumbres de cada día; pero no había que hacerle. Lo empujaron un poco, renovando la invitación, y él no se resistió. Subió dócilmente al carromato.
En el piso del carro habían tendido una suerte de camastro con paja fresca y crujiente, amarilla como el oro, entremezclada con hilos de esmeralda. Ferdinando tocó el blando colchón con una pata, lo halló muelle y cómodo. Entonces, con suave laxitud, en dulce abandono, se dejó caer sobre la paja perfumada.
En las ciudades y en las aldeas vieron anunciada la gran corrida de Madrid en grandes carteles, en los que aparecía el retrato de Ferdinando listo al ataque, con los ojos de fuego, y las astas bajas, terrible y bello al mismo tiempo.
Y debajo del retrato se leía esta frase llamativa, en grandes letras coloradas:

FERDINANDO – EL TORO FEROZ

Si Ferdinando hubiera sabido leer, se habría asombrado de esa ferocidad que le atribuían y la hubiera considerado como una ofensa a su espíritu generoso de poeta. Por suerte, Ferdinando era analfabeto.
En las aldeas y en las ciudades, los habitantes acudían en gran número, abandonando por un instante sus faenas, para conocer al toro feroz, que pasaba, tirado en el fondo de un carromato, como un rey holgazán.






Las charangas de los villorrios le recibían al son de alegres pasodobles; la muchedumbre le saludaba con aplausos y agitar de sombreros, y hasta las mujeres, en balcones y ventanas, agitaban pañuelos perfumados.
Finalmente, después de muchos días de rodar, Madrid apareció en el horizonte, con sus cúpulas y sus torres dibujadas en el cielo de turquesa. Ferdinando levantó la cabeza y dejó vagar su mirada indolente por el panorama; el carretero hizo otro tanto. Tenían ambos idéntico carácter.
Y fue así, un poco amodorrados y apáticos, como el feroz campeón y su guía hicieron su entrada triunfal en la capital de España.

Por las calles hormigueantes de gente atareada y curiosa, el carro se dirigió a la plaza de toros. El viejo carretero descendió penosamente de su sitial, con los huesos entumecidos; Ferdinando tuvo que ser bajado a la fuerza: acostado sobre la paja, estaba muy contento de su vida y no se hubiera movido hasta el final de los siglos.
Amaneció el gran día, en una aurora esplendorosa, anunciadora de una tarde tórrida. Desde las primeras horas de la mañana, pequeños grupos de gente se reunían frente a los carteles que ostentaban a las miradas madrileñas la recia estampa de Ferdinando, el toro feroz; se discutían sus cualidades con pasión y vehemencia, se recordaban otros campeones, muy pocos por cierto y muy perdidos en la memoria, como todas las cosas viejas.
Llegó la tarde, y todo Madrid se volcó en la plaza de toros, a la espera del gran espectáculo.
De pronto resonó por todo el recinto la música de un clarín y salió al redondel la pintoresca procesión de los grandes actores y las modestas comparsas: la cuadrilla de paseo, precedida por los alguacilillos, vestidos a la moda antigua. Había banderilleros con traje de luces, picadores a caballo con grandes sombreros adornados de borlas rojas, diestros y matadores de soberbia figura y brillantes chaquetillas.

Al final, solo, alejado de los demás que formaban su coro, avanzaba imponente y orgulloso el espada, con la montura arrogante y la hermosa capa forrada de raso rojo, echada con arte sobre la espalda.

El cortejo se detuvo frente al palco de la presidencia, donde recibió las llaves del toril, para iniciar la fiesta. Los acordes de la charanga resonaron más fuertes y las pesadas puertas se abrieron lentamente. La cuadrilla se dispersó prudentemente, a la espera del toro, del famoso toro feroz.
Pasaron unos instantes, luego Ferdinando avanzó unos pasos breves y lentos hacia la salida, acogido por un huracán de gritos y aplausos.
El vocerío estruendoso pareció infundir miedo, porque rápidamente se retiró, desapareciendo en el toril. Segundos más tarde, como si hubiera tomado ánimo, se mostró de nuevo en la puerta, empujado seguramente por algún peón comedido.
Las aclamaciones se redoblaron, y Ferdinando salió a al arena, avanzando con mucha circunspección con el aire de quien sale a tomar fresco o a dar unos pasos para desentumecerse. No era más que el Ferdinando de los buenos días de la pradera querida, perdido allí en un ambiente extraño, sin hierbas olorosas, sin compañeros, sin mariposas. Y allí entre el bullicio, miró sorprendido en el colmo de la ingenuidad, sin comprender una jota de lo que ocurría.
Al verlo tan arrogante –y veían mal- los banderilleros huyeron como conejos, saltando resueltos la barrera, imitados por todos los componentes de la cuadrilla.
Solo, porque su fama le impedía huir, se quedó el matador, con su figura esmirriada e insignificante en el enorme redondel vacío. Parecía un náufrago en una isla desierta. Sin duda, al quedar abandonado frente a Ferdinando, el toro feroz, el pobre creía que había llegado su última hora, porque temblaba de pies a cabeza, como una hoja sacudida por un viento huracanado.
Erguido en medio de la plaza, los cabellos erizados, los ojos dilatados de espanto, miraba al toro, esperando el ataque.
Ferdinando, por su parte, no se movía: miraba a su vez al matador, entre curioso y sorprendido, como preguntándose:
-¿Qué hace allí ese tipo de opereta?
Por fin, con pasos cortos y lentos y una expresión bondadosa en los ojos redondos, se acercó al espada, como si fuese a darle los buenos días. Tal vez deseaba desentrañar el raro misterio de aquel lugar, de aquel hombre raro y de tanta gente reunida en torno suyo.
El pobre diestro se puso a temblar aún más.
Mas Ferdinando, suave y calmo, con dulce mansedumbre, se le acercó más y se dedicó a aspirar con beatitud el perfume de un ramo de flores, caído a los pies del hombre enjuto y vestido como un cantante.

Este no podía creer lo que veía. Pero ¿cómo? ¿Este era el famoso Ferdinando, el toro feroz, dueño de una fuerza tan terrible? ¿Este era el campeón descubierto en una lejana hacienda de la asoleada Andalucía?
El matador trató entonces de provocar al toro aventándole la capa roja ante los morros. Ferdinando no se inmutó por eso y, cerrándose las flores sobre el pecho, se sentó en el suelo, sobre sus cuartos traseros, casi sonriendo, sereno e imperturbable. Por un momento se vio de nuevo en su pradera verde y dilatada, donde creciera en paz y en paz viviera sus tres años de salud y humilde ensoñación.
Entonces el matador se tornó modesto y suplicante: de rodillas, descubierta la cabeza, imploró al toro que saliera de su indolencia, que fuera de una vez el toro feroz de los grandes carteles. Todo fue inútil.
Finalmente el furor del espada estalló como una bomba. El hombre bramó, se estremeció, tiró al suelo su montura, tomó la lujosa capa y la rasgó rabiosamente; luego aferró la espada de sus triunfos con las dos manos y la rompió con un golpe seco de la rodilla.
Ferdinando, plácidamente, pensó que el hombre estaba loco. Si impasibilidad no hizo más que aumentar aún la ira del matador, que multiplicó sus provocaciones y llegó a hacerle unas muecas que querían ser ofensivas. Nada…
Entonces el desgraciado torero, sudoroso y afanoso, se arrancó la chaquetilla, se rasgó la camisa y ofreció a Ferdinando el pecho, para que se lo traspasara de una cornada y quedara a salvo, por lo menos, su honor.
El momento era terrible…
Con gesto humilde, bondadoso, de profunda compasión, el toro feroz de los carteles buscó con los morros el pecho del matador, casi acariciándole.
Humillado, lleno de rabia, el torero se sintió desesperado, acabado, vencido; estalló en llanto y se revolcó por la arena, vertiendo amargas lágrimas…
Alaridos de disgusto y silbidos aterradores se levaron de todas las gradas y los palcos, pero también ese alboroto adverso dejó indiferente a Ferdinando, que seguía sin comprender.
La enorme plaza continuó retumbando de gritos e improperios. Y como el toro “feroz” permaneciera tenazmente sentado en el centro del redondel, fue necesario arrastrarlo como una carroña, mediante una robusta pareja de mulas, que lo quitaron de la vista del público defraudado.

La gran carrera de Ferdinando había concluido.
Mas Ferdinando volvió a hallar Andalucía en todo su esplendor. Y bajando del carromato, de regreso de su curiosa e incomprensible hazaña, creyó que nunca había abandonado los bellos lugares en que naciera.
Con alegría vio de nuevo a lo lejos el perfil de su encina amiga, que se destacaba en el cielo purpúreo por el sol poniente. Aquélla era su pradera natal, el ambiente de su paz y de su dicha.
Entonces se dirigió hacia su árbol querido, se tendió a sus pies y volvió a respirar el aliento de las hierbas y el perfume de las flores…






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